Los hombres latinos individuales

posible que los hombres latinos apoyen estas políticas. 61% de las mujeres latinas apoyaron de 4 a 5 de 6 medidas de pólizas propuestas 53% de los hombres latinos solo apoyaron de 1 a 3 de 6 medidas de las pólizas propuestas Para mí es más aterrador, especialmente al tener un adolescente, no es que mi hijo lo haga, pero con todos los No debe sorprendernos que los latinos tienen puntos de vista matizados alrededor de raza, etnia, e identidad. Un informe de 2012 del Pew Research encontró que el 69 por ciento de los latinos creen que los hispanos tienen muchas culturas diferentes, en lugar de una sola cultura común. Si bien los riesgos individuales están dados por muchos factores más allá de la orientación y las prácticas sexuales (entre ellos, los antecedentes familiares y la edad), es importante comprender los problemas de salud frecuentes en los hombres homosexuales y las medidas que se pueden tomar para mantenerse saludable. Mientras que las agencias de policías y otras agencias estatales han dado muerte a negros, latinos e indígenas desde que los primeros europeos llegaron al continente americano hace varios ... Más profesores latinos y hombres ayudarían a entender mejor los problemas por los que pasan los estudiantes. ... son aconsejados por mentores individuales, y los preparan para el exigente ... Nuestro sitio de citas América es utilizado por los hombres y mujeres latinos individuales en todas partes para encontrar el amor, citas, matrimonio y la amistad. Como un servicio de citas latino de primer nivel, hemos tomado medidas adicionales para asegurar que su experiencia de citas en línea que conduce a una gran selección de anuncios ... Metas grupales vs. metas individuales Los latinos se preocupan más por las metas del grupo. Se sienten bien conectados al grupo y se van a esforzar y a trabajar duro para ayudar en las necesidades de la comunidad. Por esta razón, los programas comunitarios como las becas trabajan extremadamente bien entre los hispanos. Prefieren relaciones ... *Ránkings proporcionados por el ATP Ultima Actualización: September 18, 2020 ... Nuestro sitio de citas América es utilizado por los hombres y mujeres latinos individuales en todas partes para encontrar el amor, citas, matrimonio y la amistad. Como un servicio de citas latino de primer nivel, hemos tomado medidas adicionales para asegurar que su experiencia de citas en línea que conduce a una gran selección de anuncios ... Lee este artículo para informarte de 13 retos virales que se están circulando en el internet. Muchos niños y adolescentes están participando en estos retos que aveces pueden ser divertidos, pero también aterradores. Aquí te informamos desde el reto de Momo, el reto de comer jabón o Tide Pods, hasta el reto de los labios de...

Führer Trump: el presidente más obsceno emerge de las cenizas demócratas. La desigualdad se aproxima a niveles de los años 30, los demócratas se han hecho defensores del sistema que victimiza a su base electoral. Tenían el apoyo de Wall Street, de la prensa, del lobyy militar y de Silicon Valley.

2016.11.13 14:37 EDUARDOMOLINA Führer Trump: el presidente más obsceno emerge de las cenizas demócratas. La desigualdad se aproxima a niveles de los años 30, los demócratas se han hecho defensores del sistema que victimiza a su base electoral. Tenían el apoyo de Wall Street, de la prensa, del lobyy militar y de Silicon Valley.

Álvaro Guzmán Bastida
http://ctxt.es/es/20161109/Politica/9431/elecciones-EEUU-victoria-Donald-Trump-Alvaro.htm
"El Apocalipsis ha sucedido. Donald Trump ha ganado las elecciones. Pero, sobre todo, ha perdido el Partido Demócrata. Se enfrentaba a un candidato que había fracturado a su propio partido e insultado a más de la mitad del electorado; a un multimillonario con oscuras conexiones mafiosas, que ha despedido a su equipo de campaña tres veces durante la misma. Los demócratas tenían el apoyo de Wall Street, de la prensa, del establishment político y militar, de Silicon Valley, Robert de Niro, Michael Moore, Jay-Z, Beyoncé y Bruce Springsteen. Y han perdido con estrépito. No solo la Casa Blanca, sino prácticamente todo el poder del Estado: desde el legislativo –en el que los republicanos van a contar con una cómoda mayoría en ambas cámaras— al judicial, donde Trump nombrará al sustituto del fallecido Antonin Scalia y posiblemente a otros dos jueces, pasando por el poder en los estados federados, de los cuales los republicanos controlan 31, por 18 de los demócratas.
¿Cómo es posible? En los ocho años de gobierno de Obama, se han terminado imponiendo dos características aparentemente contradictorias, que solo analizadas en su conjunto ayudan a arrojar luz sobre el enigma del fracaso demócrata: se trata de la arrogancia y la obsesión por el consenso.
La arrogancia demócrata.- Los demócratas han desplegado una descomunal arrogancia, al menos en dos sentidos. Para empezar, han sido soberbios con su base política tradicional: la clase trabajadora. Lo viene denunciando Thomas Frank, cuyo libro Listen, Liberal está escrito como una desesperada advertencia a los demócratas, y hoy debería ser de lectura obligatoria como manual de instrucciones para la autopsia del cadáver. La arrogancia de clase de los demócratas, documentada exhaustivamente por Frank, que sostiene que el partido se ha convertido en el representante de las élites de profesiones liberales, tiene que ver con un cálculo electoral fundamentado en otra arrogancia: la demográfica.
Los New Democrats abandonaron, ya en los 80 pero de manera decisiva con Bill Clinton, al electorado trabajador blanco que había fundamentado sus mayorías, porque creyeron que el país iba en otra dirección. En poco tiempo, los profesionales liberales de sueldos altos (médicos, ingenieros, agentes de bolsa, economistas…) pasaron de ser el segmento de población más fiel al Partido Republicano a abrazar con igual entusiasmo a los demócratas.
Por la misma avenida por la que circulaban los profesionales liberales, pero en la dirección opuesta, desfiló la clase obrera blanca que anoche hizo presidente a Trump. La arrogancia demográfica consistió en dar por hecho que el agujero electoral que dejaban los trabajadores blancos lo iban a ocupar, con creces, las minorías. Thomas Edsall, veterano periodista de The New York Times, The Washington Post y The New Republic,lleva décadas documentando el creciente desencanto de los obreros blancos con los demócratas, por los que, señala Edsall, se sienten abandonados en favor de los negros, los latinos o el colectivo LGBT.
Dados los flujos migratorios, y sobre todo las tasas de natalidad de diversos grupos, Edsall prevé que para 2043 los Estados Unidos sean un país ‘majority-minority’, en el que los blancos pasen por primera vez a ser minoría. Preparándose para ese momento, los demócratas, que nunca fueron un partido ‘de clase obrera’ pero contaban con los sindicatos para forjar mayorías, eliminaron la justicia económica de su programa y de su horizonte político, a favor de otras justicias. En los sueños de los estrategas del partido, un electorado más diverso, seducido por políticas amables con los derechos civiles, permitiría a los demócratas cuadrar el círculo, representando desde la ‘modernidad’ un bloque electoral que aunara a los ejecutivos de las empresas tecnológicas y a las negras lesbianas del Bronx. El tiempo les daría la razón. Pero la política no es demografía.
En 2008, Barack Obama se convirtió en el primer presidente negro de un país fundado sobre la esclavitud y la segregación racial. Pero, antes de ganar en las urnas, Obama había logrado otro hito: fue el candidato demócrata en recaudar más fondos de Wall Street para su campaña que su contrincante republicano.
Obsesión por el consenso.- Quizá para saldar sus deudas, Obama no tardó en nombrar para su equipo económico a la misma gente que había llevado al mundo al borde del colapso financiero en el año anterior a su elección. Como recuerda en su libro Frank, fue uno de los mayores gatillazos políticos de la era moderna: Obama llegaba a la Casa Blanca empujado no solo los vientos de un enorme entusiasmo dentro y fuera del país (¿recuerdan el Nobel de la Paz?) sino también por el descomunal enfado con las élites que habían estado a punto de hacer saltar el sistema por los aires.
Con mayoría absoluta en ambas cámaras, cuando podía gobernar como quisiera, Obama decidió ser el presidente del consenso. “La elección de personal es política”, reza un viejo refrán de la política estadounidense. Pero la querencia de Obama por desproveer de conflicto partidista a la política trascendió con mucho sus nombramientos para la Secretaría de Estado o el Consejo Nacional de Economía. Obama ofreció a los republicanos, que estaban en la UVI política, un ‘Grand Bargain’, dilapidando sus dos años de mayoría absoluta legislativa demócrata al buscar consensos imposibles en economía, su reforma sanitaria o el cierre de Guantánamo. La Derecha, maximalista por naturaleza, olió la sangre y no cedió ni agua.
Brecha blancos-negros.- Como señaló en 2011 el entonces corresponsal de The Guardian en EEUU, Gary Younge, “la brecha económica entre los blancos y negros ha aumentado desde que Barack Obama llegó al poder”. (La tendencia ha continuado durante sus ochos años de mandato). Younge añadía: “Bajo su presidencia, el desempleo, la pobreza y los desahucios entre los negros están en su niveles más altos en más de una década”. Younge, británico de raza negra y una de las firmas más clarividentes a la hora de entender la división racial en EEUU, sentenciaba: “Millones de niños negros pueden aspirar a la presidencia ahora que hay un negro en la Casa Blanca. Pero dicha trayectoria es menos probable para ellos hoy de lo que era durante el mandato de Bush. Ahí descansa lo que en el mejor de los casos es una paradoja y en el peor la gran contradicción de la base social que aupó al poder a Obama. El grupo que más le apoya –los negros— es al que peor le va bajo su mandato”.
Ese año vio florecer dos movimientos de protesta radicalmente opuestos, pero con un elemento en común. Tanto Occupy Wall Street como el Tea Party reclamaban un rechazo a las élites y una política de confrontación que Obama, estaba claro, no estaba dispuesto a ofrecer.
Mientras tanto, los republicanos escupían sobre el brazo tendido de Obama, negándole cualquier victoria ‘bipartidista’, y afilando los cuchillos para 2010. La estrategia funcionó a la perfección.
Desde la llegada de Obama a la Casa Blanca, tres de las cuatro últimas elecciones –2010, 2014 y ahora 2016— resultaron en debacles demócratas, otorgando cómodas mayorías a unos republicanos que extendían además su poder por todo el país a nivel local y regional.
Obama ganó en 2008 con 69,4 millones de votos. El martes, Clinton obtuvo 59,8. En 2008, los demócratas tenían un poder casi absoluto, y el mandato ciudadano para gobernar sin miedo a las élites. Ocho años después, con diez millones de votos perdidos por el desagüe, están desahuciados. La arrogancia y la obsesión por el consenso han matado al Partido Demócrata.
Rebelión blanca.- La presidencia de Obama está llena de sombras. Presume entre sus méritos del desarrollo del programa de drones, que convierte la guerra en un videojuego, y la instauración de reuniones semanales en el despacho oval en las que el Presidente repasa una ‘kill lists’ y decide a quién se va asesinar sumariamente y –quizá por aquello de honrar a la Academia Noruega— a quién no.
Pero Obama, que ha sido verdugo de muchos, fue también víctima desde su ascenso al poder de una campaña de racismo visceral, que le negaba incluso la legitimidad como presidente. Al frente de esa campaña se situó desde el principio un hombre de tez naranja y tupé platino, el ahora presidente electo Donald J. Trump.
Trump pasó años difundiendo rumores sobre la supuesta nacionalidad extrajera de Obama, agitando así la sombra del pasado racista de un país que tenía a su primer presidente negro. Fue así como el magnate fraguó su transmutación de bufón mediático de la telerrealidad más chusquera a la primera línea política. ¿Era Obama musulmán? ¿Acaso no sería keniano? Trump ya tenía en su historial importantes medallas al xenófobo: en 1989, pagó de su bolsillo para pedir, en anuncios de prensa a toda página, la ejecución de un grupo de menores negros acusados de violar a una banquera blanca. (Aunque los jóvenes terminaron saliendo absueltos e indemnizados por los perjuicios que la ciudad de Nueva York les causó, Trump nunca se disculpó, y sigue manteniendo en público, hasta una semana antes de las elecciones, que los jóvenes eran culpables y tendrían que haber sido ejecutados, lo que hubiera sido ilegal, ya que el estado de Nueva York había eliminado la pena de muerte cinco años antes del crimen).
Cuando Obama se vio obligado a hacer pública su partida de nacimiento, que dejaba claro que llegó a este mundo en Hawaii, Trump se anotó el escarnio público como una victoria personal. Los racistas ya tenían su mesías.
El partido del ‘establishment’.- Pero Trump nunca hubiera llegado a la Casa Blanca si solo fuera el mesías de los racistas estadounidenses, figura que sigue ostentando, pero insuficiente para lograr casi sesenta millones de votos. En un momento en el que la desigualdad se aproxima a niveles de los años treinta, y en el que la Universidad de Princeton declara que los Estados Unidos no son ya una democracia, sino una oligarquía, el partido progresista ha logrado situarse en el imaginario colectivo el defensor del sistema que victimiza a la que un día fue su base electoral.
Para coronar tamaña proeza, el partido eligió a la candidata con más lastre, menos capacidad de ilusión, y probablemente menos conectada con los problemas de la clase trabajadora de su historia: Hillary Clinton. Eran las elecciones del tiempo político abierto por el Tea Party y Ocuppy Wall Street. Los demócratas tuvieron su oportunidad para presentar a un candidato más acorde con los anhelos de la clase trabajadora: Bernie Sanders. La desaprovecharon.
Durante la campaña, Hillary Clinton jugó a empatar un partido que reclamaba encerrar al adversario en su área. Agobiada por los numerosos escándalos que le rodean, rehuyendo el papel de mujer política en un panorama en el que los Estados Unidos podrían haber elegido a su primera presidenta, Clinton y su partido no han sido capaces de ofrecer nada más que ‘más de lo mismo’.
Al Partido Demócrata le toca hacer penitencia y refundarse. El liberalismo corporativo inaugurado por Bill Clinton ha muerto con la derrota de su mujer, Hillary, en las urnas. Habrá voces entre los demócratas que aboguen por un giro a la derecha, por mostrar una cara más dura en inmigración (¿más dura que la de una administración que ha deportado hasta agosto 2,8 millones de inmigrantes, más que ninguna otra en la historia del país?), por ejemplo. Se equivocarán. Los demócratas tienen dos años para ilusionar a su electorado antes de las elecciones de mitad de mandato de 2018. Solo es verosímil que lo logren recuperando la bandera de la redistribución económica.
China, China, China.- Trump, que perdió el voto popular, ganó la presidencia por el paupérrimo resultado de Clinton en los antiguos feudos demócratas del ‘Rust Belt’, el cinturón industrial que era un histórico bastión demócrata. Pero su victoria va más allá. Se entiende todavía mejor si se superpone al mapa de la desindustrialización del país, que ha visto cómo se cerraban en masa minas, fábricas, no solo en Ohio y Pensilvania, o West Virginia, sino también en estados de la región de los Apalaches, como Carolina del Norte, el Medio Oeste, como Iowa, o el Sureste, como Louisiana.
Cuando Trump hablaba obsesivamente de China y México en sus mítines y echaba en cara a Clinton la firma del tratado comercial NAFTA durante los debates, sabía lo que hacía. Estaba activando la pulsión de un electorado que se siente, en palabras de Arlie Russell Hochschild, la autora del otro libro de lectura obligatoria para el momento, extranjero en su propia tierra.
Una vez más, llegó primero el abandono de ese electorado por parte de los demócratas y solo después –-décadas después— el triunfo de Trump en esos feudos. Es una historia conocida, y que no entiende de fronteras: pregúntenselo al Partido Socialista francés o a los laboristas británicos, que tienen en Marine Lepen y Nigel Farage a sus Trumps particulares. Como ellos, Trump utiliza el comercio como subterfugio para afrontar los verdaderos problemas de sus sociedades. Son tan estadounidenses los ricos que deciden producir lo que venden en China como los trabajadores que se quedan sin empleo con la deslocalización de la producción. Pero hincarle el diente a esa contradicción supondría hablar de clase, cosa que los demócratas no hacen desde… Bernie Sanders.
¿Uno de los nuestros?.- Observar la victoria de Trump desde el Nueva York cosmopolita y liberal, y a través de medios como The New York Times o The New Yorker ha sido como ver hundirse al Titanic desde los ojos del director de la orquesta. Las élites liberales no entienden qué ha sucedido. Viven en un país que les es ajeno, como los protagonistas del libro de Arlie Russell Hochschild. La campaña de Clinton y sus aliados en la prensa han pasado meses, acusando –con razón— a Trump de ser un evasor de impuestos, un demagogo racista, un misógino depredador sexual. Le han comparado con Hitler y Mussolini. Y, sin embargo, ahora se apresuran a encontrar un “tono conciliador” en su discurso de la victoria. Clinton, que no dio la cara hasta 24 horas después de la derrota, habló de “respetar el proceso”, y de “la obligación” de aceptar el resultado. ¿No habíamos quedado en que si ganaba Trump llegaba el fascismo a América? ¿Van a hacer Hillary Clinton y el Partido Demócrata de comparsa del ascenso del Führer Trump, que ni siquiera ganó en votos, sino gracias a la disfunción decimonónica del sistema electoral estadounidense?
¿En qué quedamos? ¿Advenimiento del fascismo o todos somos un equipo? Ambas cosas no pueden ser. (Trump pareció devolver el favor por adelantado: si en campaña había prometido hasta la saciedad que nombraría un fiscal especial para meter a Clinton en la cárcel por su supuesta corrupción, en la noche electoral se apresuró a felicitarle (¿por la derrota?) y a dejar claro que tiene con ella una enorme “deuda de gratitud”. Democracy in America.
Bonus y víctimas.- Al Trump que pedía como un energúmeno el certificado de nacimiento de Obama y al que ha llegado a la presidencia de la mano de la promesa de devolver el trabajo a los estadounidenses los une un vector: el miedo al otro. La xenofobia ha ocupado un lugar central en la vida y obra de Donald J. Trump, así como en su campaña electoral. Cuando se presentó, en junio de 2015, lo hizo acusando a los mexicanos que cruzan la frontera de ser violadores, criminales, traficantes de drogas que venían a sembrar el caos en EEUU. Los momentos más calientes de sus mítines eran los que dedicaba a prometer la construcción de un muro en la frontera o la prohibición de entrar en el país a los musulmanes.
Muchos ponen en duda que vaya a implementar ahora dicho programa. Es imposible saber si lo hará. Pero, aunque quisiera frenarlas, ha puesto en marcha fuerzas xenófobas con su retórica incendiaria que serán difíciles de frenar. Si Trump –-como es predecible— no es capaz de contentar al electorado de la clase trabajadora empobrecida al que tanto ha prometido esta campaña, lo lógico para su supervivencia política sería que recurra a la estrategia que mejor le ha funcionado en campaña: la de buscar chivos expiatorios entre los más débiles, léase los negros, los latinos, las mujeres, el colectivo LGBT o los musulmanes. A ellos no les debe nada.
La mañana posterior a la victoria de Trump, una emisora de radio neoyorquina conectaba con la puerta de las oficinas Goldman Sachs, donde "el sentir era sombrío". Acto seguido, el locutor daba paso a un joven trabajador de la firma, cuyo rango no identificó.
“¿Cómo están viviendo un momento político de tanta incertidumbre para la nación?” espetaba el reportero.
"Nos preocupa el descenso que van a sufrir nuestros bonus", declaraba el joven. Solo en esta campaña, Hillary Clinton recibió 945.744 dólares en donativos individuales de trabajadores de Goldman Sachs.
Pocos minutos después, llamaba al mismo programa el profesor de un colegio en Long Island, al Norte de Nueva York. Contaba que la mitad de sus alumnos, guatemaltecos y hondureños en su mayoría, no habían ido a clase. “Sus padres son indocumentados”, contaba con la voz rota. “Tienen miedo”."
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2014.07.16 11:34 LuisBodoque EL CONSENSO COMO DETONANTE DE UN CAMBIO SOCIAL

EL CONSENSO COMO DETONANTE DE UN NUEVO MODELO SOCIAL
El sistema en el que nos hallamos inmersos es básicamente de carácter individualista. La desestructuración social avanza progresivamente y nuestras ciudades se deshumanizan convirtiéndose en junglas darwinistas cada vez más hostiles y violentas.
Cuando finalmente advertimos que no existe otra salida que cambiar este modelo, solemos olvidar que nosotros mismos somos parte de él.
Todos, en definitiva, hemos sido formados en su seno y a estas alturas supondría una peligrosa ingenuidad pretender instaurar cambios significativos en el modelo social, político o económico imperante si simultáneamente no tratamos de modificar nuestra propia actitud y la manera de comportarnos en relación a otros, más allá de la posibilidad de que ello constituya, además, una suerte de catalizador de todo un proceso revolucionario, tal y como estamos intentando analizar.
Debemos reconocer, en un sano ejercicio de autocrítica, exento de culpabilidad, que hemos sido educados para competir y no para cooperar. Atendemos casi siempre a lo que nos diferencia y separa del otro en vez de considerar todo lo que poseemos en común con el y tendemos a confrontar nuestras respectivas ideas, afirmándonos, en lugar de complementarlas entre si enriqueciéndolas.
En general, no sabemos trabajar en equipo ya que la totalidad de inercias mentales, automatismos adquiridos e ideas preconcebidas apuntan justamente en la otra dirección, dado que la ortodoxia actual en lo referente a las dinámicas colectivas descansa, como si de un monolito se tratase, sobre la confrontación,
Una de las grandezas de la humanidad reside precisamente en la diversidad. Cada persona es un ser único e irrepetible, poseedor de una manera peculiar de pensar y de sentir. Sin embargo, tanta riqueza supone un auténtico escollo cuando se ha de actuar de manera conjunta. De entre todas las opiniones posibles: ¿Cuál de ellas en concreto debería ser asumida por el grupo?… ¿Cómo resolver esta cuestión?.
A lo largo de la historia, desde la guerra hasta la democracia, se han ido articulando diferentes soluciones, más o menos sofisticadas, tratando de resolver el problema de lo colectivo. Pero pese a tanta aparente variedad, lo cierto es que sea por la fuerza de las armas o por la fuerza de las urnas, la fuerza ha sido siempre el común denominador de todas ellas y la violencia su siniestra herencia. De un modo u otro, los “vencedores” terminan por imponer a los “perdedores” sus particulares intereses que sólo a ellos benefician tanto como a otros perjudican, generando con ello tensión. En definitiva, formas aparte, no hay demasiada diferencia entre la prehistoria y el siglo XXI en lo que respecta a la regulación de lo social. Ello evidencia, como en tantos otros aspectos, el enorme desfase existente entre el desarrollo tecnológico y el humano. Nos sobra imaginación para construir artefactos que surquen las estrellas pero para organizar la vida en común no hemos sido capaces de hallar mejor sistema que el empleado desde siempre por los animales en la selva.
Solemos afrontar la variedad de opiniones mediante la conocida “técnica” (no sabemos emplear otra mejor) de la discusión, que consiste en desplegar, de manera pararacional, todo un muestrario de justificaciones disfrazadas de argumentos. Su único propósito no es ofrecer un método dé aproximación a la “verdad” sino blindar y defender a ultranza nuestras particulares creencias, “amenazadas” permanentemente por las de los demás. Frente a una opinión diferente siempre intentamos convencer a nuestro interlocutor, por todos los medios posibles, de que nuestro punto de vista es el válido o verdadero. Por su parte, el otro, obra de un modo similar y al cabo de un tiempo, que varía según el grado de empecinamiento mutuo, cada uno se va igual que ha llegado. La discusión es, por consiguiente, una especie de cúmulo de monólogos sin intercambio de información alguna y que, al no producirse comunicación real, tampoco modifica a ninguno de ellos. Por supuesto que discusión y diálogo, en cierta manera, se complementan entre si y no es posible el uno sin el otro. Pero abortar el proceso prematuramente en esa fase inicial carece por completo de sentido.
La alternativa a la discusión, por consiguiente, es el diálogo y la diferencia esencial radica en que en esta ocasión, gracias a la escucha activa mutua, si se considera el punto de vista ajeno hasta el punto de intentar relacionarlo con el propio. Esta simbiosis dialéctica origina, a su vez, una suerte de metamorfosis ideológica de la que surgen enfoques comunes mas amplios y mejor adaptados, asi se trate de una aproximación a la realidad o de la resolución de un problema. De este proceso ambos protagonistas salen enriquecidos y positivamente transformados.
Sin embargo, en un mundo donde sorprendentemente la competitividad se ha convertido en una virtud, no cabe otra posibilidad que resolver lo colectivo mediante la fría aritmética de intereses particulares que pugnan entre sí por imponerse unos sobre otros.
De ese modo, cuando en el terreno político se plantean diferentes opciones ideológicas, no se nos ocurre nada mejor que enfrentar a sus abanderados respectivos entre si al objeto de comprobar quién o quiénes poseen una mayor “fuerza” o respaldo. Dada la manifiesta incapacidad de alcanzar acuerdo alguno debatiendo, las cámaras políticas de representantes no albergan en su seno demasiadas opciones para evitar una ingobernabilidad que se podría resolver simplemente dialogando. Por esa razón, todos los sistemas democráticos, a través de sus respectivas leyes electorales, tienden en general a establecer un bipartidismo alternante perenne amparado, a su vez, por el chantaje del “voto útil” y convirtiendo en vergonzante ese supremo acto de expresión de la soberanía popular.
Así, en las democracias actuales, 51 individuos imponen su cosmovisión a los 49 restantes, constituyendo así una auténtica dictadura de la mediocridad. Llega esta cuestión a ser tan ridícula que el número de miembros de un comité ejecutivo suele ser impar, o bien su presidente posee un voto de mayor valor, para evitar así que los posibles empates bloqueen la toma de decisiones. No importa nada la deliberación conjunta sino la correlación de fuerzas: ¿Para qué perder el tiempo dialogando?
Solamente así, con la confrontación como telón de fondo, algo tan burdo como la democracia mayoritaria puede aparecer como el mecanismo más evolucionado que la humanidad haya desarrollado jamás para conducirse de manera conjunta.
El legado de ese miope proceder son las sociedades actuales fragmentadas en bloques sectoriales (obreros contra empresarios, padres contra hijos, hombres contra mujeres… Etc.). Es tan corta la mirada que, careciendo por completo de imaginación, muchos, en vez de plantearse fórmulas para trascender esa dinámica fraticida, optan sin embargo por elaborar sesudos modelos interpretativos de la realidad, a partir de las actuales circunstancias, sentenciando a perpetuidad esta absurda situación.
La confrontación permanente además cansa, agota, divide, y lo peor de todo, distrae de lo constructivo. Las desavenencias y los enfrentamientos sobrevienen en realidad por una falta de adaptación a vivir en un mundo diverso y plural. Las interacciones con los demás son complejas y alejadas de ese maniqueísmo pueril con el que solemos enjuiciarlas. Asumir esas aparentes paradojas y tratar de superarlas resulta mucho más adecuado que resignarse a la conflictividad y entender las relaciones humanas como un campo de batalla. Concebir la vida como un existir contra algo o contra alguien resulta completamente absurdo. La vida ha de ser entendida como un proyecto a favor de interesantes propósitos y no como un sinvivir en un clima de permanente hostilidad, por muy justas, legales, éticas y verdaderas que pudieran ser las causas.
Asistimos hoy, sin embargo, a la agonía de un mundo que se desmorona, sometido a los embates de otro latente que lucha por aflorar y manifestarse. Algunos lo expresan poéticamente afirmando que esta sociedad está preñada de otra nueva. Hoy todo apunta hacia la necesidad imperiosa de un cambio de modelo o de sistema en el sentido de desarrollar, a cualquier escala, ámbitos de actividad humana más solidarios que vayan superando, mediante una sinérgica cooperación mutua, este individualismo sin salida.
La cuestión a la que tratamos de dar respuesta es si, modificando las relaciones interpersonales en cierto sentido, seríamos capaces de generar un fenómeno emergente con la suficiente envergadura como para producir un cambio social significativo.
Pero, ¿En qué consistiría concretamente esa modificación?
LA CULTURA DEL DIÁLOGO Y EL CONSENSO COMO NUEVO PARADIGMA EN LAS DINÁMICAS COLECTIVAS
El consenso se constituye en una apuesta por entender las relaciones personales en el seno de los conjuntos humanos de un modo diferente. A través de los siglos, la problemática derivada del quehacer colectivo se ha resuelto casi siempre compitiendo unos contra otros. En ese sentido, el consenso se presenta así como una alternativa a ese tradicional sistema basado, esta vez, en la cooperación. Se trata entonces de trascender el conflicto, generado en la discusión, a través del diálogo y complementar entre sí las diferentes opiniones en lugar de confrontarlas, erradicando con ello cualquier vestigio de tensión o violencia. Implantar progresivamente este nuevo enfoque de manera generalizada en cada ámbito de actividad humana tal vez podría suponer un verdadero cambio de sistema social, político y económico.
Sin embargo una de las principales dificultades a la hora de desarrollar esta iniciativa reside curiosamente en el hecho de que la mayor parte de la gente cree saber erróneamente en que consiste.
SIGNIFICADO PRECISO DE CONSENSO
El término consenso procede del vocablo latino “consensus” que significa consentimiento.
Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, consenso vendría a ser el acuerdo adoptado libremente, es decir con pleno consentimiento, entre todos los integrantes de un determinado grupo.
Habitualmente, acotando en exceso su campo semántico, se comete el error de reducir tal concepto a un mero mecanismo de toma de decisión, olvidando que alude también a un proceso de elaboración colectiva sin el cual dicha síntesis conjunta resultaría del todo inalcanzable.
En definitiva, no es posible debatir una cuestión de cualquier manera y pretender luego establecer un consenso como colofón final. Hemos de entender el consenso más como una forma de trabajo en equipo basada en el intercambio constructivo de ideas y no en la confrontación de opiniones, tal y como acostumbramos a proceder.
El consenso tampoco es un concurso de ocurrencias y, por lo tanto, no consiste en elegir entre A, B o C. Se trata de elaborar, entre todos y a partir de ellas, una nueva y mejor alternativa (D) con los elementos comunes que poseen mas otros añadidos que permitan trascender las aparentes divergencias, aglutinándolas y relacionándolas entre si.
Tal y como comentábamos, hoy se habla con frecuencia de consenso pero no se entiende bien en que consiste. Muchos creen que se trata de un método mediante el cual un grupo de personas discuten entre si hasta lograr que todos piensen igual. O bien que la estrategia a seguir es que cada uno de ellos vaya cediendo progresivamente en sus pretensiones iniciales con el fin de llegar a un surrealista acuerdo común con el que nadie se sienta del todo cómodo.
Desde el emplazamiento mental que subyace en el marco del actual sistema no es posible comprender en profundidad lo que el concepto consenso supone o significa. Debemos hacer un pequeño esfuerzo y observarlo ubicados en un modelo social distinto, en donde lo colectivo no emerge a partir de la sumatoria de las confrontaciones individuales.
El consenso necesita expresarse en un escenario conjunto solidario en el que todo se resuelve trabajando en equipo y cooperando entre sí. Por eso precisamente su desarrollo progresivo podría acarrear inexorablemente un cambio de paradigma y de ahí la extrema necesidad de impulsarlo dado que nuestra evolución futura podría depender de si somos o no capaces de cambiar la cultura del YO actual por la cultura alternativa del NOSOTROS.
Verdaderamente el marco social imperante, nada o poco favorece la implementación práctica del consenso. De ahí su vocación marginal dadas las enormes dificultades que, hoy en día, entraña su uso. Sin embargo, precisamente por esas mismas razones, merece la pena asumir el esfuerzo necesario para que constituya el referente a seguir, al menos, en cualquier elaboración colectiva, para desarrollar, de ese modo, principios fundamentales que cimenten una sociedad más justa, humana y solidaria.
El consenso es, esencialmente, un método de trabajo en equipo basado en valores tales como la cooperación, la empatía, la escucha activa, la confianza y el respeto mutuo, la honestidad, la creatividad y la igualdad u horizontalidad.
Intentar superar los aparentes inconvenientes que acarea consensuar nuestro quehacer conjunto hasta en lo más cotidiano cobra un gran sentido cuando advertimos que avanzar en esa dirección podría suponer acercarnos a esa sociedad que la inmensa mayoría de nosotros anhelamos. El consenso se convierte así entonces en una herramienta esencial para ir perfeccionando un nuevo modo de relación interpersonal, basado en la cooperación que propicie escenarios sociales cohesionados en lugar de una humanidad en tensión permanente fragmentada por múltiples conflictos de intereses, trascendiendo de ese modo todo tipo de dialécticas generacionales, de clase o de género.
En realidad, si nuestras sospechas son ciertas, la implantación progresiva de mecanismos consensuales en las decisiones comunes podría provocar un auténtico seísmo social.
En nuestras manos está que determinados conceptos irrumpan o no con fuerza en ese venidero escenario social, cobrando así importancia en la medida en que vayamos siendo capaces de asumir el reto de internalizarlos, y elevarlos definitivamente a la categoría que siempre merecieron ostentar. Una de esas palabras, mensajeras de la esperanza de un futuro mejor es sin lugar a dudas “consenso”.
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Qué pais latino los franceses quieren conocer y qué piensan de su musica y mujeres, hombres - Duration: 9:13. Mich el Francés 20,743 views. 9:13. Adaptación de latinos en Francia, Colombia! Dorama Latino Suscribete! y siguenos en: Facebook→ https://fb.me/solodoramaslatinos.tv Enjoy the videos and music you love, upload original content, and share it all with friends, family, and the world on YouTube. Te presentamos 10 actores latinos guapos que fácilmente podrían tener la fama mundial de la que gozan otros como Brad Pitt. Ryan Guzman, Diego Boneta, Benicio del Toro, Ferdinando Valencia ... Aquel día decidimos Mathieu, Victoria y yo, ir a preguntar en las calles de París lo que opinan los Franceses de los Latinos: estuvo MUY sorprendente lo que ... HOMBRES LATINOS vs EUROPEOS Latina opina sobre los hombres latinos y europeos! Mitos, diferencias y cualidades! SUSCRÍBETE a mi CANAL: https://goo.gl/R2xw81 ... Los Hombres Lobos Están Aquí Para Sacudir Las Cosas ... ¡Zed Y Addison Están De Regreso En Seabrook High, Donde, Después De Un Semestre Innovador, Continúan ... Bueno quería subir todos los capítulos en castellano, pero no se va a poder lastima, siquiera el primer capitulo me han permitido dejarlo. http://www.acuarel... Esto es 50 RAZONES LAS GRINGAS AMAN A LOS LATINOS. ¡Las Gringas aman a los hombres latinos, es decir, venezolanos, mexicanos, bolivianos, carribenos, chileno... Te has preguntado alguna vez que piensan los sevillanos de los latinos que residen en la ciudad de Sevilla? No te pierdas nuestras entrevistas con nuestra re...